La mirada de Marlo

La discapacidad no es ajena a nadie. Sin embargo, todos la disfrazáis. Porque tenéis que sobrevivir: debéis aprender a ser útiles en una sociedad obsesionada con la eficiencia y la productividad. 

 

Las personas sois alguien –algunos lo llaman ‘ser’– y vivís en el cuerpo con el que habéis nacido. Ya la cosa pinta mal, porque nadie ha podido seleccionar su cuerpo y su mente en el catálogo universal de humanos y humanas. Te toca el que te toca y encima no hay ni garantías, ni devolución, ni cambios.

A mí, la verdad, eso me da absolutamente igual. Yo soy un perro y vuestros cuerpos y mentes me parecen irrelevantes. Estoy más interesado en olfatearos. Vuestro olor me da información mucho más útil, por ejemplo, sobre dónde y con quién habéis estado.  O incluso, a veces, cómo os sentís.

Como Rosa, que hoy está triste. Mi olfato –y mi intuición canina– me lo dicen. Es octubre y está lloviendo. Los humanos hablan sobre una tormenta tropical. Rosa me acaricia el hocico en la entrada del bar del barrio donde vivo. Me llega desde la puerta el olor a café y los pastelitos recién horneados.  Cuando termina de saludarme, se adentra en el bar.

El suelo está resbaladizo. Rosa mueve su silla de ruedas lentamente y se escucha el sonido chirriante del roce de los neumáticos con el suelo. Instantáneamente, un grupo de personas le miran de arriba abajo. Varias veces. Desde todos los ángulos posibles –¿se podrán romper el cuello de esa forma los humanos? –. Ella les mira, y frena un poco. El grupo de humanos deja la conversación y se centran en la silla de ruedas. Observan de reojo el chasis, el reposabrazos, los mangos de empuje…

Entendedme: no hay nada de malo en mirar una silla de ruedas. Pero estoy seguro de que nadie se ha fijado en ella, en que tiene ojeras, que se ha vestido con colores oscuros y que ha pedido café sin azúcar. Y luego, además, que el bar tiene un suelo demasiado resbaladizo para alguien que va en silla de ruedas. Porque lo importante no es lo que tiene, sino ese ‘alguien’ que vive en su cuerpo y que hoy está triste.

Ojalá una mirada fuera sólo una mirada. Como la de los humanos más pequeños, que se acercan a todo tipo de cuerpos y mentes con curiosidad. Lo diferente no tiene por qué ser una tragedia y mucho menos debe ser tratado como algo tabú. O algo heroico. Lo que sí es una desgracia es que un 53% de los humanos españoles admita sentir algún grado de incomodidad al relacionarse con personas con discapacidad, que no lo digo yo, lo dice un estudio de la Fundación Adecco.

La discapacidad es muy humana. Tanto que habéis hecho incluso ciudades discapacitadas: bordillos inaccesibles, aceras en mal estado, baños estrechos, ascensores descompuestos… Además, en España hay casi cuatro millones de personas con algún tipo de discapacidad sensorial, intelectual, física o psíquica. Y luego hay otras menos reconocidas, pero más abundantes como la incapacidad de amar, de superar metas, de vivir y dejar al resto en paz. Hay tantas, y ninguna es ajena a nadie… Por eso me parece ridículo que miréis con pena, morbo o diferenciación.

Somos muy diferentes los humanos y los perros. Pero hay una cosa que tenemos en común: somos vulnerables y mortales. ¡Esto de estar vivos nos trae unos problemas…! Y nuestros cuerpos y nuestras mentes están muy lejos de ser perfectos. Sea como sea, nacer nos expone también al sufrimiento. La verdad, al menos la de un perro, es que todos oléis igual. El ser humano tiene una amplia gama de discapacidades. Pero sin duda, la peor de todas, es la del que no sabe mirar.

 

Bienvenidos a la mirada de Marlo, sean cuales sean las mentes y los cuerpos dónde viváis.

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